Epilogo

-

No es tan simple.

Hacer un asado, digo, no es tan simple.

Si fuera simple cualquier papanatas después de pasar por la Universidad se convertiría en un eximio maestro asador.

La historia no confirma que Adam Smith supiera curar los riñoncitos ni mucho menos que Engels tuviera alguna idea de cómo hacer un buen chimichurri.

El asado no es para teóricos. Su arte -porque asar, igual que gobernar, no es una ciencia sino un arte- requiere de tres elementos: tradición, experiencia e intuición.

La carne del liberal es incomible por cruda, la del marxista lo es por quemada. Huérfanos de la tradición occidental no tuvieron un padre de quien aprender los secretos del holocausto del novillo.

Enfrascados en sus teorías perfectas, circulares y estériles, tampoco aprovecharon la experiencia pues cuando los hechos no coincidieron con sus teorías, en vez de abandonar las teorías,descartaron a los hechos.

Pero sobre todo y como consecuencia del materialismo de ambos, abandonaron la intuición, ese soplo divino que permite al hombre hurgar en las estrellas, no para averiguar de que gas están compuestas sino para admirarlas en su magnífico esplendor.

Es la intuición la que permite al maestro distinguir el silencio de la carne ante el fuego insuficiente, del plácido sonido de la cocción adecuada y a éste del crepitar violento del incendio sin retorno.

El asado, en síntesis, es un equilibrio delicado que no puede romperse sin arruinar el banquete. El asado debe estar bien cocido, pero jugoso.

Así es el asado criollo.

Ni yanki ni marxista.

Pagina Principal