VII- Laburofobia

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En la década del ‘70 había un zurdo que se paraba en la esquina y predicaba la revolución obrera internacional; un tano que vendía gladiolos en la vereda de enfrente comentó: -“Que falta que le haría a éste agarrar la pala”. El tano, brutazo, no comprendía los profundos alcances metafísicos de sus palabras, definitorias de un antagonismo epopéyico, más todavía, de una agonía cósmica:

Hércules y la Hidra.

Perseo y la Gorgona.

San Jorge y el Dragón.

El zurdo y la pala.

Según el terapeuta de Marx, cuyo nombre desgraciadamente no nos ha llegado, un incidente infantil marcó el inconsciente del filósofo con un estigma que lo acompañaría toda su vida y sería transmitido a sus discípulos.

Dormía Carlitos, cuenta el psicólogo, cuando en sueños apareciósele la Materia, creadora de todas Las cosas y fulminólo sin anestesia con esta maldición:

“Pondré enemistad entre ti y la pala, entre tu linaje y el suyo. Ella te partirá la cabeza y tú le acecharas el calcañar”.

De ello se sigue que en realidad los zurdos no odian -como dicen- a los patrones. Lo que odian es el laburo.

Concordantemente con la maldición bíblica, la periodista Alicia Dujovne Ortiz informa en el diario “La Nación” que para la nueva izquierda europea -con André Gorz a la cabeza- la sociedad perfecta no surgirá del pleno empleo sino de subsidiar vagos. Para ello, dice la cronista, habrá que abandonar “la idea de la sacralización del esfuerzo; el sudor de la frente ya no debe ser la medida del trabajo humano”. En lugar de trabajar, hay que dedicarse a cobrar el subsidio (es decir, vivir a costa del trabajo ajeno) y a realizar “autoactividades” que pueden ser artísticas, deportivas, culturales, etc. Boludear, bah.

Algunos inmigrantes rumanos introdujeron en nuestro país la costumbre pagana de colgar en la puerta de su casa una pala junto con una ristra de ajo, para repeler a los zurdos. Si el zurdo es trotskista, es más efectivo un pico. Con el tiempo la costumbre se acriolló y el padre familia, al colgar la herramienta protectora, repetía tres veces esta jaculatoria: “Alpargatas sí, libros no”; y los niños contestaban Amén.

Si el zurdo es además sacerdote, se lo ahuyenta gritando Dóminus vobiscum.

A todo esto, aquel zurdo de la esquina un día se fue y no apareció más.

Nunca más.

Le habrán mostrado una pala…

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