XVI- Resignacion y contrarrevolucion

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El zurdo es un triste resignado.

Así como lo oye, vea.

Empezando por Carlos el Timorato, patriarca fundador del nuevo credo.

Marx -contra lo que generalmente se cree- jamás se opuso a las teorías capitalistas de la mal llamada economía clásica. Su teoría del valor de cambio fundado en el trabajo recoge como antecedentes a Adam Smith y David Ricardo. Sí, los mismos cuyo solo recuerdo hace emocionar a Martínez de Hoz, Machinea y Cavallo. Para Marx las leyes económicas capitalistas son absolutas y conducen inevitablemente a la explotación de las masas trabajadoras arrastradas al proletariado, mediante la adquisición por el capitalista del sobre trabajo del proletario -es decir, aquel trabajo por el que no paga- o sea, la plusvalía.

Pero -siempre según Carlitos- el proletario cayó en dicha situación -y esto no me lo van a creer- cuando los liberales lo despojaron de su propiedad privada. Veamos lo que dice en “El Capital”: “La servidumbre había desaparecido de hecho en Inglaterra hacia fines del siglo XIV. La inmensa mayoría de la población componíase entonces, y más aún en el siglo XV, de campesinos libres y propietarios, fuere cual fuere, por otra parte, el término feudal bajo el cual era más o menos disimulado su derecho de posesión”. Hasta los asalariados -sigue Marx, ¡Sí, MARX!- “…eran también al mismo tiempo, hasta cierto punto, campesinos independientes, pues, además de su salario, gozaban la posesión de una extensión de terreno de cuatro acres como mínimo y de un cottage”. “Los campesinos habían tenido en el régimen feudal, tantos derechos como los señores”.

Y Marx explica -y acierta- como el hombre perdió su libertad.

Dice: “En el siglo XVI, dióse un nuevo y terrible impulso a la expropiación violenta de Las masas populares, por la Reforma y el robo colosal de los bienes de la Iglesia,que fue la consecuencia de ello…La supresión de los conventos, etc., arrojó a los habitantes de sus antiguos dominios al proletariado…El derecho de propiedad, legalmente consagrado, que tenían los campesinos pobres sobre una parte de los diezmos eclesiásticos, fue confiscado sin explicación alguna”.

O sea que según Marx, dos son las causas de los males modernos: el liberalismo y la herejía. Marx dice, no yo.

El propio Manifiesto Comunista proclama que “…dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruído las relaciones feudales, patriarcales, idílicas.Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta”.

En el mismo sentido Max Nordau -entre otras cosas, también zurdo- completa: “El proletariado actual de las grandes ciudades no tiene antecedentes en la historia; es un producto de nuestro tiempo. El proletario moderno es más miserable que el esclavo lo era en la antigüedad, pues no está alimentado por su amo, y si tiene sobre aquél la ventaja de la libertad, debemos confesar que tiene sobre todo la libertad de morirse de hambre.Su situación tampoco es tan buena como la del hombre errante de la Edad Media(que en Argentina subsistió hasta fines del siglo XIX, nota mía), pues no posee su alegre independencia”.

Ya sabemos por estos dos autores zurdos que el hombre perdió su libertad cuando el capitalismo le arrebató su propiedad.

Resulta, entonces, bastante obvio que la verdadera Revolución es -como dicen ellos- “concientizar” al proletariado, subvertir profunda y si es necesario salvajemente las estructuras capitalistas y restituír la propiedad a los despojados pero no partiendo de un nuevo despojo sino de la distribuciòn equitativa de las rentas públicas. Instituír un régimen en el que todos sean propietarios de algo y ninguno se haga desmesuradamente rico.Se objetará que la producción de las grandes empresas no pueden retrotraerse al sistema de la pequeña propiedad.De acuerdo, pero para controlar las condiciones de trabajo del obrero y contrarrestar el poder económico de las grandes empresas existe -o debería- el Estado.

El Estado puede hacerlo mediante la legislación adecuada si cuenta con la suficiente cohesión interna e independencia exterior [1]; en esas condiciones la humanización del trabajo se consigue sin tanto manifiesto comunista, destrucción ni batifondo. El zurdo incendió el mundo para lograr una ley como ésta, que existía en nuestra tradición indiana:”Los obreros trabajarán ocho horas al día, cuatro en la mañana y cuatro en la tarde, repartidas como convenga, en las fortificaciones y fábricas que se hicieran, repartidas a los tiempos más convenientes para librarse de los rayos del sol”.Esta norma anticapitalista y revolucionaria se encuentra en el Libro III, Título VI, Ley VI de la Recopilación de Leyes de Indias, y fue promulgada por Felipe II, monarca español que murió 220 años antes de que Marx lanzara su primer berrido ante la partera, eso suponiendo que no haya nacido de un huevo, que es lo que sospecho.

¿Qué hace, pues, el zurdo, cuando comprueba que el capitalismo esclavizó al trabajador?¿Se rebela?

No, se resigna.

La solución marxista al problema de la esclavitud liberal es profundizarla. La plusvalía quedaría entonces en manos del Estado -no de los capitalistas- y desaparecería la explotación.Todo el secreto está en reemplazar al Gerente de Multinacional por el Comisario del Pueblo.¿Y qué pasa en tanto con el proletario? Nada, absolutamente nada. Sigue siendo el mismo esclavo, que aprieta la misma tuerca, con la misma llave y en la misma empresa. No en vano Cuba y la Texaco se iluminan con la misma estrella de cinco puntas.

Nada es más contrarrevolucionario que un zurdo.

[1] Antes del gobierno del Dr. Carlos Saúl Menem, a eso se lo conocía como Patria Justa, Libre y Soberana.

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